El caballero de la mano en el pecho: retrato de una época.



Es uno de los retratos de El Greco más conocidos en el mundo. Un caballero con la mano en el pecho mira al espectador como si hiciese un pacto con él. La postura de la mano parece un gesto de juramento. Este hombre está vestido de forma fina y elegante y porta una espada dorada. De oro es también el medallón con cadena que lleva. En su tiempo se convirtió en la representación clásica y honorable del español del Barroco, una época peculiar que marcó profundamente el panorama histórico-cultural de España.
Conocemos como Barroco al periodo que sucede al Renacimiento y que se
desarrolla en Europa y en los países hispanoamericanos aproximadamente durante el siglo XVII. Es un término trasplantado de las artes plásticas que tuvo originalmente un sentido peyorativo, puesto que se relacionaba con lo extravagante, lo exagerado, lo recargado y el movimiento, en abierto contraste con el estatismo y el orden propios del Renacimiento del que, en realidad, es continuidad y evolución. Hoy se aplica al conjunto de rasgos que conforman la visión del mundo de este periodo histórico.
En el clima de crisis barroco, los ideales renacentistas de orden y equilibrio
desaparecen y dejan paso al pesimismo y al desengaño. Como expresión de estos sentimientos se ha de entender, por una parte, el afán de mostrar la inestabilidad de lo real, la temporalidad y fugacidad de todo lo existente y, por otra, la extravagancia, que da paso a lo monstruoso y a la complicación y artificiosidad. De ahí la preferencia por los jardines laberínticos, el contraste de luces y sombras en pintura, la preferencia por la línea curva y quebradiza en la arquitectura, o el "gongorismo" en literatura. Pero, al mismo tiempo, en evidente contraste, la experiencia de vivir en un mundo convulso produce dolor, melancolía, angustia, y así se busca el goce en la contemplación de lo
mutable y se canta al tiempo, a los relojes, a las ruinas... en definitiva, a la fugacidad de la vida y a la necesidad de vivir el momento. A su vez, la conciencia de la miseria de la condición humana hará surgir al pícaro y las páginas satíricas y moralizadoras de Quevedo o de Gracián.
En una época en que el poder político y eclesiástico, en buena medida
representado por la Inquisición, impone un orden severo, se hace necesario
precaverse para evitar riesgos. El peligro que implica la verdad conduce a la
desconfianza: la prudencia, la discreción y el engaño son la máxima que debe guiar al que quiera sobrevivir. A ello se une la certeza de que las cosas no son lo que parecen: la vida es sueño, teatro... El conflicto entre el ser y el parecer, que tan bien expresa la tensión barroca, está servido.

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